Historiador, poeta, narrador y antropólogo maliense. Además de otras tareas, su labor más importante fue el estudio y rescate de la tradición cultural africana y de la literatura oral.
Este cuento de la tradición del pueblo peul (también denominado fula, fulani y fulbe) se encuentra recogido en la antología "Cuentos de los sabios de África" de 1993.
La versión es la de Alicia Capel Tatjer.


¿Sabéis por qué el hombre de bien a menudo tiene como esposa a una mujer sin mérito y la mujer valiente se casa con un hombre que no vale para nada? Es éste un hecho que nos consta, pero cuyas causas se nos escapan. Pero esta leyenda peul nos explica los motivos.

Cuando Dios hubo acabado de crear el género humano, distribuyó las virtudes y los defectos tanto entre los hombres como entre las mujeres.
Un día mandó llamar a todas las mujeres y les dijo:
—¡Oh mujeres! Mirad al horizonte y decidme lo que veis.
—Señor —respondieron ellas—, vemos un sol radiante elevándose sobre la tierra. Todo parece celebrar su aparición. A medida que se eleva en el cielo, todo lo que parecía muerto renace.
Dios dijo:
—¡Mujeres! Hasta ahora sólo habéis vivido momentos difíciles en la noche de los tiempos. Ahora tenéis que emprender el camino al Paraíso. Unos ángeles velarán por vosotras durante el camino y otros os recibirán cuando lleguéis. ¡No os desesperéis, no os quejéis y sobre todo no desfallezcáis!
»Yo he sido, soy y seré Aquel que advirtió. Por eso, os anuncio que a medida que vayáis llegando se os entregarán casas suntuosas y joyas de una belleza incomparable. Las primeras serán las mejor dotadas; tendrán preferencia en todo. Os recuerdo que el Paraíso es una estancia eterna... Sólo las más insensatas se dejarán adelantar.
»Con esta advertencia, partid, oh Mujeres, en busca de vuestra felicidad...
Las mujeres emprendieron el camino. Su larga cohorte se extendió y fluyó como el brazo de un río cuyo curso se va estrechando. Las más valientes encabezaban la hilera. Los ángeles se pusieron a cantar para ellas.
Al término del tercer día, las indolentes ya no podían más.
«¿Por qué envidiar la gloria de las "caminantes"? -murmuraban-. De todos modos, ¿quién sabe la suerte que les espera a las que lleguen primero? El Paraíso es tan grande como el conjunto de los cielos, y sus moradas son allí tan numerosas como los granos de arena de todos los ríos y todas las riberas juntas. ¿Acaso no dicen que, puestas unas encima de las otras, esas moradas empiezan en los abismos y terminan casi en la cumbre del firmamento? Entonces ¿por qué correr y hacer perder a nuestros muslos su suave redondez? ¿Por qué sudar y manchar nuestro cuerpo? Caminemos lentamente, hermanas mías, y conservemos nuestra frescura. Cuando lleguemos al Paraíso, seguro que habrá una morada para cada una de nosotras. Y aunque las primeras se alojen en magníficas estancias, la marcha forzosa habrá adelgazado sus carnes, y su aspecto esquelético empañará la belleza de sus moradas y el brillo de sus adornos.»
Habiendo hablado así, las mujeres indolentes se pusieron a arrastrar los pies como si fueran patos obesos. Y para mantener este ritmo de camaleón cansado, entonaron un canto:

¿Por qué apresurarnos, por qué lamentarnos?
¿Por qué gritar? Sí, ¿por qué?
Quien va al Paraíso
no va a una tierra árida
donde la hiena se abalanza sobre el cabrito,
donde el gato de la sabana saquea el corral.

Holgazaneemos por el camino,
Consultemos las tablas de los Cielos (1).
Descubriremos que la enigmática pregunta:
«¿Qué ha pasado?»
ha sido formulada para las mujeres que corren
como corre un cervatillo para escapar del cazador.
Holgazaneemos por el camino,
consultemos las tablas de los Cielos.


Tres días después de que las mujeres hubieron partido, Dios dijo: «Hace ya tres días y tres noches que las mujeres están en camino. Lancemos a sus hombres tras ellas».
Entonces Dios mandó llamar al conjunto de los hombres y les dijo:
—No es bueno que un varón esté sin una mujer, de modo que he creado unas compañeras para vosotros. Ellas ya han salido en dirección al Paraíso. Tienen una ventaja de tres noches y tres días sobre vosotros, pero os voy a hacer tres veces más fuertes que ellas y las alcanzaréis.
»Cada uno de vosotros —añadió Dios— tomará por esposa a la mujer que encuentre por el camino, y no podrá tener más que una(2). Los que se queden rezagados se arriesgan a quedarse sin compañera. Peor para ellos, pues los condenaré al celibato, no conocerán ni el gozo del hogar ni el privilegio de la procreación, no continuarán su especie. La semilla que he depositado en ellos se quedará ahí como un grano reseco. Les pondré mala cara, y se sentirán muy desgraciados...(3)
Los hombres emprendieron el camino. Avanzaban cantando:

Cada ser tiene un origen,
cada metal tiene una mina,
cada hecho tiene una causa.
Si Guéno, el Eterno, nos pone en el camino
que lleva a nuestras esposas,
hay una causa para ello.
Las que serán nuestras esposas
son, dicen, bellas y bien hechas.
Son apasionadas sin desvergüenza
y apasionantes sin perversión.
Ellas pondrán fin a la pena
que oscurece nuestros corazones.
¡Venga, caminemos con decisión hacia el Paraíso!
¡Allí encontraremos a nuestras esposas,
y viviremos en la sabiduría!
La Inteligencia divina se eleva
como una gigantesca montaña
de la que extraemos metales preciosos
para adornar la frente de los valientes
y de los sabios.
¡Venga, caminemos con decisión
hacia el Paraíso!
¡Allí viviremos en la sabiduría,
en la sabiduría, en la sabiduría¡…


Tras caminar algunas horas, los hombres se dividieron en tres grupos: los Hammadi-Hammadi a la cabeza, los Hammadi en el medio, los Hamanndof a la cola. (4)
Las mujeres también se repartieron en tres grupos: las Mantaldé a la cabeza, las Santaldé en el medio y las Mantakapús a la cola. (5)
El grupo de los Hammadi-Hammadi, formado por hombres brillantes, sabios, emprendedores y valientes, se encontró con el grupo de las Mantakapús, es decir, las últimas mujeres en la escala femenina. Ignorando que las mujeres superiores estaban delante, tomaron como esposas a las Mantakapús.
Los Hammadi, el grupo de los hombres comunes, se encontraron con las Santaldé, las mujeres también comunes. De entre ellas tomaron a sus esposas.
Durante este tiempo las Mantaldé, mujeres de gran valor, habían adelantado a sus compañeras de los dos primeros grupos y ya habían llegado a las puertas del Paraíso. Unos ángeles fueron a saludarlas y a darles la bienvenida. Cuando se disponían a cruzar el umbral, los ángeles las detuvieron:
—Perdonad, Mujeres, pero vosotras todavía sois «mitades». Y una mitad es algo incompleto, y por lo tanto imperfecto, y lo imperfecto no tiene cabida en el Paraíso. Esperad a que cada una de vosotras tenga un marido para completarse. Entonces entraréis por parejas, es decir, por unidades humanas perfectas.
Antes de que las mujeres se recobraran de su sorpresa, los Hammadi-Hammadi se presentaron acompañados de sus esposas, las Mantakapús. Los ángeles exclamaron:
—¡Qué misterio! ¿Son éstas las que Dios os ha reservado como compañeras?
Luego llegaron los Hammadi, flanqueados por las Santaldé.
Por último, los Hamanndof, los últimos hombres, llegaron a las puertas del Paraíso con las manos vacías. Las mujeres superiores no tuvieron más remedio que entregarse a ellos para poder entrar en la morada celeste. ¡Y así es como a los primeros hombres les tocaron las últimas mujeres, y las primeras mujeres cayeron en manos de los últimos hombres!

Una vez en el Paraíso, los hombres superiores fueron a quejarse a Dios. Junto con las primeras mujeres, reclamaron una reparación. Dios dijo:
—Yo no niego un derecho a quien lo merece. Mas la inteligencia de mis actos no siempre está a vuestro alcance.
»Mujeres valientes que llegasteis primeras, aceptad de buena gana a los hombres de poco valor. Y vosotros, hombres distinguidos, aguantad a vuestro lado a las mujeres perezosas y vulgares. Yo así lo he decidido por sabiduría y presciencia. Si pusiera todos los valores en un lado y todos los no-valores en el otro, los asuntos del mundo no irían bien, como una carga mal repartida sobre el lomo de un buey porteador. No habría ni equilibrio ni estabilidad. En cada curva, las cargas volcarían hacia un lado y vuestro universo sería todavía más difícil de dirigir de lo que ya lo es ahora.
»Así como estáis emparejados, los hombres valerosos impedirán que las mujeres indolentes caigan en manos duras que agarrotarían sus párpados (6) y las mujeres dignas y sabias servirán de refugio a los hombres disminuidos a los que se han unido mediante el matrimonio.
»Lo he dispuesto todo según una medida cuyo misterio únicamente conozco yo.
»No sintáis más odio. No os rechacéis los unos a los otros con el pretexto de que vuestros valores y vuestros estados son desiguales.
»Amaos los unos a los otros, sobre todo entre marido y mujer. Y proclamad que entre las cosas que me placen a mí, Dios, la perfecta armonía entre esposos figura en primer lugar.


Notas.
1. Las tablas o tablillas donde supuestamente están escritas todas las cosas. Dicho de otro modo, los archivos celestes.
2. En esta leyenda peul, Dios, durante la creación del mundo, instituye la monogamia para el género humano. Esto se ajusta a la tradición de los peuls rojos (peuls pastores), que sólo tenían una esposa. Las dificultades de la vida pastoril no se prestaban a la poligamia. Ésta, finalmente. es mas bien un fenómeno urbano (o de vida sedentaria) vinculado a la riqueza.
3. El celibato siempre ha estado muy mal visto en el África tradicional. Al hombre soltero se le consideraba menor de edad por muy mayor que fuera, y su palabra no contaba en las asambleas públicas.
4. Hammadi-Hammadi: se llama así al hombre de gran reputación y de gran valor para su familia, para su barrio, su pueblo y el país entero. Cuando viaja, no sólo su anfitrión se beneficia de su reputación, sino que el barrio, el pueblo y todo el país saben que ha llegado. Hammadi: es un hombre valeroso, pero su valor se limita a su familia, a su barrio y a su pueblo. Cuando viaja, se sabe de su llegada en los limites del pueblo. Hamanndof: se dice que, si se ausenta, ni siquiera su familia se da cuenta de que se ha ido; y si se va de viaje, ni su anfitrión se percata de su llegada.
5. Mantaldé: es una esposa con grandes cualidades, que puede hacer las veces de marido, que eventualmente puede ganarse la vida para mantener a la familia, que puede hacer cualquier
cosa por sí misma. Santaldé: es una excelente madre de familia y una buena ama de casa. Cuando su marido trae algo a casa, sabe conservarlo y sacarle partido, pero ella no buscará ni ganará nada por sí sola. Mantakaptús: esta mujer no sólo no sabe ganar nada por sí sola, sino que, si el marido trae alguna cosa a casa, la malgasta. Si no se le da nada, se pone a gritar. Si se le da algo, dice que no es suficiente. Es una mujer que se queja constantemente y que nunca hace nada bueno.
6. De tanto hacerlas llorar.

This entry was posted on 11 marzo 2016 at 22:15 and is filed under , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

1 comentarios

fantástico! gracias por compartir..

29 de junio de 2017, 8:15

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